Juan Lario Sánchez
La vida de Juan Lario Sánchez (Madrid, 1918 – Alcalá de Henares, 2000) es un ejemplo singular de cómo los grandes conflictos del siglo XX se entrelazaron con las trayectorias individuales. De joven piloto republicano en la Guerra Civil Española pasó a convertirse en un experimentado aviador de la Fuerza Aérea Soviética durante la Segunda Guerra Mundial, combatiendo en los cielos de Moscú, Stalingrado y Berlín. Su historia es, ante todo, la de un hombre que nunca dejó de luchar contra el fascismo, ni en España ni en Europa.
Cuando estalló la Guerra Civil Española en 1936, Juan Lario tenía apenas dieciocho años. Trabajaba como delineante y vivía con su familia en Madrid. Como muchos jóvenes de su generación, se alistó en defensa de la República. Tras servir brevemente en infantería, en 1937 fue seleccionado para formar parte del Cuerpo de Aviación Republicano, que se estaba reorganizando con ayuda técnica soviética. Ese mismo año fue enviado a Kirovabad, en Azerbaiyán, junto con otros noventa jóvenes españoles para recibir instrucción como pilotos.
Allí aprendió a volar en cazas Polikarpov I-15 y I-16, conocidos como “Chatos” y “Moscas”. Regresó a España a comienzos de 1938 y fue asignado al 4.º Escuadrón de Caza, operando en los frentes de Aragón y Levante. En combate demostró valor y destreza, logrando varios derribos confirmados. Pero el final de la guerra llegó pronto: con la derrota republicana en 1939, Lario cruzó los Pirineos y acabó internado en campos de refugiados franceses. Poco después, gracias a la mediación soviética, fue trasladado a la URSS junto a otros pilotos exiliados.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939 cambió su destino. Al principio, los exiliados españoles vivían dispersos en la Unión Soviética, trabajando o estudiando. Juan Lario cursó estudios técnicos y ejerció de instructor de vuelo. Sin embargo, la invasión alemana de la URSS en junio de 1941 (Operación Barbarroja) transformó radicalmente la situación. Ante el peligro inminente, muchos españoles ofrecieron sus servicios al Ejército Rojo. Lario fue uno de los primeros en presentarse voluntario.
Tras un curso intensivo en la escuela de aviación de Bykovo, cerca de Moscú, fue asignado a una unidad de cazas equipada con Yak-1 y Yak-9, modernos monoplazas soviéticos. Desde 1941 hasta 1945, participó en 886 misiones de combate, una cifra extraordinaria incluso para los pilotos veteranos del frente oriental. Según sus propios informes y los archivos soviéticos, tomó parte en 97 combates aéreos y derribó 35 aviones enemigos, 27 en solitario y 8 compartidos, lo que lo convierte en el aviador español con mayor número de victorias de toda la Segunda Guerra Mundial.
En el otoño de 1941, cuando las tropas alemanas avanzaban hacia Moscú, Lario integró una escuadrilla de defensa aérea que patrullaba los alrededores de la capital. Las condiciones eran extremas: temperaturas bajo cero, campos congelados y enfrentamientos diarios con los cazas y bombarderos de la Luftwaffe. En esos meses, su unidad derribó varios Messerschmitt Bf 109 y Junkers Ju 88, contribuyendo a detener la ofensiva enemiga.
En 1942 fue trasladado al frente del Cáucaso, donde los alemanes intentaban tomar los pozos petrolíferos de Bakú. Desde los aeródromos de Maikop y Krasnodar participó en intensos combates sobre el mar Negro y las montañas del Cáucaso. Allí destacó su habilidad para realizar vuelos de escolta y ataques a baja cota contra columnas blindadas. Durante una de esas misiones sufrió un fallo de motor y se vio obligado a realizar un aterrizaje forzoso en una zona nevada infestada de minas, de la que salió milagrosamente ileso.
Lario junto a otros pilotos rusos que volaban Spitfire
MK-IX.
Entre 1943 y 1944, Lario combatió en algunos de los escenarios más decisivos de la guerra: Stalingrado, Kursk y Ucrania. Su unidad fue integrada en la aviación de la Guardia Soviética, una distinción reservada a las formaciones de élite. Volando cazas Yak-9 y La-5, participó en ofensivas de apoyo al avance del Ejército Rojo y en misiones de interdicción aérea sobre el Dniéper. Durante la gran Batalla de Kursk, en el verano de 1943, su escuadrón fue responsable de neutralizar varios aviones de bombardeo alemanes que amenazaban las posiciones soviéticas. Aquella campaña consolidó su reputación de piloto agresivo, disciplinado y extremadamente preciso.
En 1944, el frente soviético avanzaba hacia Europa Central. Lario continuó volando en operaciones sobre Polonia, Bielorrusia y Alemania oriental. Su experiencia y veteranía lo llevaron a ocupar responsabilidades de jefe de escuadrilla. Participó en la ofensiva de Vístula-Óder y en la Batalla de Berlín de 1945, en la que las fuerzas aéreas soviéticas lograron una abrumadora superioridad. En sus memorias recordó el contraste entre el entusiasmo por la victoria y el peso moral de la destrucción: “Berlín ardía bajo nuestros ojos. Era el fin del nazismo, pero también el fin de una época”, escribió.
Por su actuación en combate, Lario recibió condecoraciones soviéticas, entre ellas la Orden de la Estrella Roja y la Medalla al Valor Militar. Pese a ello, siempre conservó una profunda modestia, afirmando que había luchado “por los mismos ideales que en España: libertad y justicia”.
Tras la victoria, permaneció en la URSS, donde contrajo matrimonio con María Lavrentieva, con quien tuvo dos hijas. Se licenció en Ciencias Políticas y Económicas por la Universidad de Moscú y trabajó como traductor técnico. En 1957, tras dos décadas de exilio, consiguió regresar a España, donde reanudó su vida civil en la fábrica de camiones Pegaso (ENASA). En reconocimiento a su trayectoria, fue nombrado coronel honorario del Ejército del Aire.
Años después publicó el libro Habla un aviador de la República (1973), un testimonio vivo de sus experiencias de guerra y de su paso por el exilio soviético. En él reivindicaba la memoria de los aviadores republicanos y el esfuerzo de los españoles que, lejos de su tierra, continuaron luchando contra el fascismo.
Juan Lario Sánchez murió en 2000, a los 82 años. Su biografía resume la epopeya de una generación que, tras perder una guerra civil, encontró en otra guerra mundial una nueva forma de seguir defendiendo sus ideales. Fue uno de los últimos testigos de aquel grupo de pilotos españoles que combatieron bajo bandera extranjera, pero con el mismo espíritu de 1936. En los cielos de Moscú, Stalingrado y Berlín, Lario no solo pilotó un caza soviético: pilotó también su destino, fiel a la idea de una libertad por la que nunca dejó de volar.




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