jueves, 17 de octubre de 2013

Valoración de las tropas italianas por parte de Rommel.

Valoración de las tropas italianas por parte de Rommel.

Rommel reunido con oficiales alemanes e italianos.

Durante la campaña norteafricana, el Generalfeldmarschall Erwin Rommel siempre y de una forma mucho más importante de los que a primera vista puede parecer, tuvo que apoyarse en el papel que las fuerzas italianas realizasen durante las diversas operaciones que tuvieron lugar en el desierto africano. Dicha colaboración no estuvo ausente de polémica durante toda la campaña, tanto  a nivel local en la misma zona de operaciones como a nivel estratégico entre los Altos Mandos de Roma y Berlín. Los reproches también se acentuaron debido sobre todo por el fracasado resultado final de la campaña.

Ante esta circunstancia, es importante conocer la opinión del propio Rommel del comportamiento de sus aliados a todos los niveles. Esta es a su juicio, la valoración de las tropas italianas tras la 1ª Batalla de El Alamein pero que puede ser representativa de toda la campaña:

“Es para mí un deber, como camarada y en particular como Comandante en Jefe de las unidades italianas, establecer con toda claridad que la culpa de las derrotas sufridas por ellas en los primeros días de julio delante  de El Alamein no es de los soldados. El soldado italiano era voluntarioso, generoso, buen camarada y por sus condiciones había dado un rendimiento superior a la medida. Es preciso decir que las prestaciones de todas las unidades italianas, pero especialmente de las unidades motorizadas, superaron con mucho lo que el ejército italiano ha hecho en los últimos decenios. Muchos generales y oficiales suscitaron nuestra admiración desde el punto de vista humano así como del militar.

La derrota de los italianos fue una consecuencia del entero sistema militar y estatal italiano, del mal armamento y del poco interés que muchas altas personalidades, jefes militares y hombres de estado, tenían por esta guerra. Con frecuencia, la insuficiencia italiana impidió la realización de mis planes. Generalmente, las causas de los inconvenientes que se notaban en el ejército italiano eran éstas: por término medio, el mando italiano no estaba a la altura de la guerra del desierto, la cual requiere decisiones fulminantes y rapidísima ejecución de las mismas. El adiestramiento de la infantería no se correspondía con las exigencias de una guerra moderna. El armamento de la tropa era tan malo que ya por esta razón no podía sostenerse sin el apoyo alemán. Además de los defectos técnicos de los carros de combate italianos –alcance demasiado corto de los cañones y debilidad de los motores-, sobretodo la artillería, con insuficiente movilidad y longitud de tiro, ofrecía un claro ejemplo de mal armamento.

Las unidades estaban dotadas de armas anticarro en proporción totalmente insuficiente. El avituallamiento de las tropas era tan malo que los italianos con frecuencia tenían que pedir víveres a sus camaradas alemanes. Efectos particularmente nocivos producía la diferencia de trato en todo terreno entre el oficial y el soldado. Mientras la tropa debía alimentarse sin cocinas de campaña, muchos oficiales italianos no renunciaban a hacerse servir varios platos. Bastantes oficiales no consideraban necesario estar con las tropas durante un combate y ser su ejemplo.


Todo unido, no era para maravillarse que en el soldado italiano, por lo demás extraordinariamente sobrio y sin pretensiones, se desarrollaran complejos de inferioridad que en momentos de crisis lo hacían temporalmente inutilizable. En todas estas cosas no era de esperar modificaciones en el tiempo inmediato, aunque muchos comandantes inteligentes se esforzasen en ello con conciencia”.